lunes, 30 de abril de 2018

IX


Algo que realmente me inquietaba de él, era la tranquilidad con la que podía mentirte. Su rostro era inmutable, siempre permanecía inocente. No podía advertir en qué momento comenzaba a jugar. Lo hacía todo el tiempo pero no por ello terminaba de acostumbrarme.

Su sonrisa era lo más molesto.

Insistió en que ordenara todo lo que quisiera y eso hice. Terminamos en algún restaurante de comida rápida, perfecto para el antojo insaciable que traía desde el día anterior. Jamás había tenido tanta comida frente a mí. Era un fastidio tener que depender del erizo.

- ¿Por qué tú no comes? - Pregunté con la boca llena, harto de que siempre estuviera observándome de esa manera.

Quizá era yo quien se lo tomaba muy a pecho.

- Tengo mejores cosas que hacer. - Alegre, cerró los ojos y dio su primer bocado. A propósito, continuó de esa manera durante un largo rato, incluso después de haber terminado su hamburguesa.

O quizá era él a quien no le importaba.

- Eres un fenómeno.

Sencillamente se reía, entretenido, abriendo los ojos de una buena maldita vez.

- ¿No eres tú quien está teniendo alucinaciones? - Apenas agachó la cabeza, mirándome con picardía.

Entre más tiempo sostenía mi mirada contra la suya, menos podía reprimir aquella sonrisa. Fui yo quien terminó desviando la mirada primero o él jamás lo haría. Negó con la cabeza, repitiendo mi nombre apenas en un susurro.

Le divertía todo esto.

- Eres en verdad antojadizo. - Se inclinó hacia el frente, curioso, apoyándose contra sus manos. La mesa era un desastre por mi culpa. - Sabes que no tenemos prisa, ¿verdad?

- Sabes que tu vida es muy pacífica, ¿verdad? - Continué comiendo con el mismo frenesí, mis manos siempre ocupadas.

Incorporándose nuevamente, juntando sus manos y riendo con suavidad, volvió a negar con la cabeza.

- Mi vida es muy aburrida.

- Sí, claro. No terminas de emanar alegría y siempre te estás riendo de algo.

- ¿Qué te parece la ciudad hasta ahora? ¿Qué te pareció el colegio? Divertido, ¿no? - Hizo una pausa, picando de las papas que estaban al centro de la mesa. - De alguna u otra manera tengo que sobrevivir.

- ¿Sobrevivir? ¿Sobrevivir a qué? ¿A todos estos lujos y comida interminable? - Tragué mi bocado a la fuerza. - Tienes la vida resuelta en esta ciudad.

- Eso es gracias a mis padres. - Veía a través de la ventana, llevándose una mano contra su barbilla. Por un momento, su semblante adquirió un matiz completamente ajeno. - No creo que haya nada para mí después del colegio. Mis calificaciones ni siquiera son tan buenas.

- Entonces deja de asistir y ya. Si tu plan es "sobrevivir", no lo necesitas. - Arranqué un gran pedazo de carne con los dientes. - Todavía no puedo creer que vayas a perder tu tiempo en un lugar como ese.

- Bueno, no todos nacimos prodigiosos como tú, Shadow. - Volvía a hacerlo. Sonreía con esa sospechosa familiaridad que no podía hacer más que desconfiar de él.

- ¡Ja! ¿Qué dices? A mi no me engañas. - Pero él ni siquiera estaba intentando ocultarse ante mí. Impaciente, pegué mis manos contra la mesa. Era más de lo que podía soportar. - Ya sé que no eres un sujeto cualquiera. Y quiero saber por qué.

- ¿De qué hablas, Shadow? - Volvió a meterse más papas a la boca, esta vez un puñado entero, sin siquiera molestarse en terminar su bocado antes de hablar. - A algunos quizá no nos espera mejor futuro que trabajar en un establecimiento de comida rápida como éste.

Nuestras miradas volvieron a contender después de aquellas palabras. La facilidad con la que podía verme directamente a los ojos era todavía más alarmante que mi mirada misma. Permanecimos de esa manera durante lo que parecía una eternidad. Comenzaba a agachar la mirada, pero cuando parecía exhibir los primeros síntomas de nerviosismo, su sonrisa impedía que cediera.

De repente, una mano colocó una malteada entre nosotros, rompiendo toda esta tensión. No pude evitar desviar lo mirada. Destruí la lata de refresco que estaba en mi mano. ¡No lo había visto en el menú!

- ¡Ah! Ya entiendo. Así que alguien quiere una malteada... - Dijo sacando un popote de su envoltura, jugando pacientemente con él. - Sería una lástima que fuera la última en existencia.

Regresé a ver a todos lados pero no encontraba a ni un sólo esclavo en los alrededores. Comenzaba a impacientarme y él continuaba desnudando otro popote con toda tranquilidad. Colocó ambos en la copa y empezó a beber de uno de ellos, exagerando su deleite.

- Si la quieres, tendrás que compartirla conmigo.

Desvié la mirada, rojo de vergüenza.

- ¡Por qué tienes que actuar así!

Simplemente se reía. Alzó la mano y en cuestión de nada, llegó uno de esos chicos en uniforme y, luego de unos minutos, trajeron otra para mí. La acepté con desgana, sin siquiera regresar a ver al erizo. Ya sabía la reacción que tendría en su rostro.

- Pero hablemos más de ti, Shadow. - Volvía a relucir esa molesta sonrisa de fascinación que tan poco le importaba ocultar. - ¿Qué hace alguien como tú en una ciudad tan burda como ésta?

- Lo mismo me pregunto de ti. - Meneaba la lata de refresco con un dedo sobre la mesa, sin quitarle la mirada de encima.

- ¿Qué hacías antes de que nos conociéramos? ¿Por qué te fuiste de Downhood? - Ni siquiera se inmutaba al hacer ese tipo de preguntas tan indiscretas. En un lugar como éste...

- No he estado en Downhood en meses.

- ¿Y qué estuviste haciendo en todo ese tiempo? ¿Acaso estuviste escondido en el bosque? ¿De quién?

- Ya veo. Puedes ser muy metido cuando quieres y no te molesta en lo absoluto.

- ¡Ja! Perdón si estoy siendo muy personal. - Se reclinó contra su asiento, reposando su brazo contra el respaldo de éste y mirando una vez más por la ventana. Realmente no volvió a insistir ni se mostraba impaciente por hacerlo. Con calma, regresó a verme una última vez.  - Sólo quería hacer plática.

Incluso si se lo dijera, no ganaba nada con ello.

Cuando quería algo, realmente podía llegar a ser muy terco. Pero también podía llegar a ser muy indiferente de un momento a otro. Como yo no volví a pronunciar palabra alguna, él tampoco lo hizo.

Nos fuimos de ahí.

Insistió en que aprovecháramos las tardes después de clases para recorrer la ciudad. ¿De qué clases me hablaba? No lo sé. Yo no pensaba volver a ese lugar. Expresaba repetidas veces lo tedioso que sería estar encerrado en casa todo el día. Se detuvo frente a mí y, seguro de si mismo, hizo esta absurda apuesta en la que pretendía enseñarme toda la ciudad y juraba que, al terminar, me enamoraría perdidamente de ella y jamás querría abandonarla. Con una sonrisa maliciosa, acepté el desafío. En fin que no dependía de mí cuánto tiempo pudiera estar en la ciudad.

Ya entrada la noche, antes de pasar a su hogar, regresó a verme por última vez aquel día.

- Por favor, tienes que seguir acompañándome. Hay tanto que todavía tengo que saber de ti.

No sabía qué era lo más increíble; que realmente completara mi primera semana de asistencia en el colegio o que no hubiera sido del todo insufrible. Bueno, sí, las clases eran sobrenaturalmente aburridas. Decidí tomar más participación, ello hacía que pasaran un poco más rápido, al menos. La gente persistía en intentar hablar conmigo. Yo prefería evitarlo, pero el erizo procuraba tenerme presente en todo momento. Los profesores eran en suma estrictos, pero no tenían ningún problema conmigo, incluso cuando en repetidas ocasiones me había quedado dormido. Tenía que saber cómo es que logró que me aceptaran en un lugar como éste, por cuánto tiempo y por qué.  El erizo terminó explicándome que el rector no era nada más ni nada menos que el mismísimo tío de Amy.

- No es como que le dijera que eras mi primo perdido de Downhood o algo similar.

Lo tomé de la chamarra y lo sacudí frenéticamente.

- ¡Cómo pudiste decirle algo así!

Su risa venía del alma. Tenía que dejar de creerme todo lo que dijera. A su lado, parecía un novato en el arte de desconfiar.

O él era muy bueno mintiendo, o yo era pésimo para desconfiar de ese carisma tan enigmático.

Pero lo que en realidad haría que los días se fueran volando, serían esas tardes en las que recorríamos la ciudad. Sí, todavía pensaba que era un sujeto muy molesto, pero cuando lo conocías, no era tan malo. Me resultaba muy entretenido ver las estupideces que hacía.

El acuario era una ciudad dentro de otra ciudad. Me llamaba la atención los colores tan extravagantes que había de pecera a pecera. Él seguía insistiendo pero yo no le hacía caso. Se escuchó el estridente sonido de una trompeta a lo lejos y todo el mundo se echó a correr.

- Ya te dije que no me interesa. - No despegaba los ojos de aquella vitrina. - No sabía que había algo como lobos marinos. ¿Por qué? Ni siquiera lucen como lobos...

- ¡Shadow! ¡Es allá a donde quiero que me sigas! - Finalmente me había soltado. - Te garantizo que habrán más y podrás verlos en acción.

- ¿En acción? - Regresé a ver al erizo, incrédulo, casi dejando caer mi bebida. Me puse de mal humor y no pude contenerme de pulverizar el envase entre mis manos. - ¿Me estás mintiendo?

- ¡No! Seguramente nunca en tu vida has visto un show marino. - Dijo mientras se echaba a correr con ese ánimo que a todo mundo contagiaba. Se detuvo para verme unos instantes. - Yo tampoco he visto uno.

El erizo me tomó del brazo cuando finalmente llegamos y se hizo paso entre la gran multitud, consiguiéndonos un lugar hasta el frente. El erizo no había mentido. Un grupo de personas en atuendos ridículos hacía danzar a las criaturas marinas, ir y brincar de un lado a otro. Cada vez que saludaban, lanzaban agua al público con sus divertidas aletas. La euforia era increíble. Incluso con mi aberración al ruido, sentí que me perdía entre todo ese acaloramiento. Pero, para ser sinceros, lo más alucinante fue cuando sacaron a aquella colosal orca para dar cierre al espectáculo. Daba unos saltos espectaculares que sentía que nos aplastaría en cualquier momento.

Ese día, terminamos completamente empapados.

Y ese sólo fue uno de los varios lugares que visitamos. Conocimos hartos parques, plazas, restaurantes, tantos que no sabría cómo describirlos. Ese jueves, después ir por hamburguesas, terminamos en un arcade. Me costaba entender esos controles y cuál era exactamente mi objetivo, pero sin darme cuenta había terminado muy picado. El erizo también una vez que comencé a patearle el trasero en aquel juego de peleas. No dejaba de meter moneda tras moneda en la máquina. No podía evitar sonreír al verlo de esa manera, tan desesperado y clavado. Tenía suerte de que el combate fuera sólo detrás de una pantalla.

Y aunque en mi opinión todos esos lugares fueran prácticamente lo mismo, por momentos el erizo lograba hacerme olvidar lo monótona y aburrida que había sido mi vida hasta entonces.

Era una lástima saber que esta vida no era para mí.

Finalmente llegó el viernes y en aquella ocasión nos acompañó la chica rosada de días anteriores. Era de las pocas personas que no me desagradaba del todo, aunque pasara más tiempo en su celular que con nosotros. Era amigable y divertida. No brillaba por su inteligencia pero era lo suficientemente sencilla para no resultar molesta. En fin, parecía el prototipo de la mujer perfecta y ya había quedado claro que ella estaba locamente enamorada del erizo, por mejor que lograra disimularlo. 

Ese día nos fuimos temprano y nos sentamos en la gran colina a las afueras de la ciudad. El erizo insistía en lo hermoso que era ver el atardecer desde su casa y que teníamos que hacer un picnic en honor al fin de semana. Nos acompañó hasta ese momento. Ni bien cayó la noche, llegó por ella ese alargado carro negro de siempre. Cada día era mucho más abierta conmigo. Me preguntaba qué mentiras le habría contado el erizo acerca de mí. De él se despidió dulcemente, plantándole un beso en la mejilla y abrazándolo. Recostado en el pasto, con mis manos debajo de mi cabeza, observaba la escena.

Finalmente se fue.

- Aún no puedo creer lo ridículo que eres. 

- Qué te digo. Así son las niñas cuando están enamoradas. - Dijo acercándose, sentándose frente a mí. - ¿Acaso tú nunca te has enamorado, Shadow?

- ¿Y de quién exactamente podría enamorarme? - Hice como él y me senté al instante, retando su mirada.

Era la pregunta del millón entre las chicas de Downhood, pero que él lo preguntara era sencillamente ridículo.

- No tienes que ser tan apático. - Él prefirió esquivar mi mirada, sin darle mayor importancia. Sostenía apenas una pequeña sonrisa en su rostro. - Cuando conozcas a la persona indicada, pagaré por ver eso.

Permanecimos de aquella manera durante un buen rato. E incluso cuando estaba acostumbrado a que existieran silencios prolongados entre nosotros dos, no pude contener mi curiosidad.

- ¿Y supongo que tú estás enamorado? 

- ¿Enamorado yo? - Por primera vez, mis palabras lo habían tomado por sorpresa. Fue la primera vez que titubeaba al darme una respuesta. Recuperando la calma, desvió la mirada. - Quiero decir, sí, es verdad que no puedo quitarle la mirada de encima y no me doy cuenta en qué momento ya vuelve a estar en mis pensamientos... - Alcé una ceja. No esperaba verlo de esa manera, tan de repente. - ... ¿Pero enamorado? - Regresó a verme al momento de hacer aquella pregunta, entretenido. - No sería la palabra que usaría.

- ¿Y cuál sería esa palabra?

- No lo sé. - Tranquilamente, vino a sentarse a un lado mío. Una vez acomodado, regresó la mirada hacia el frente, en dirección al cielo estrellado. - ¿Fascinado? ¿Admirado?

- ¿Obsesionado?

Rió al escucharme decirlo.

- Quizá. 

Nuevamente me recosté en el pasto. Abrí un ojo lo suficiente para poder ver al erizo, quien permanecía sentado, abrazando sus piernas y observando maravillado las estrellas.

- Supongo que también tendrás que conocer a la persona indicada. 

Por un momento, su sonrisa se había borrado. Lo miraba con curiosidad, estaba en verdad sumido en sus pensamientos. Pero cuando regresó a verme de súbito, pretendí permanecer con los ojos cerrados. Él sólo se sonrió y volvió a ver hacia el frente. No volvió a decir nada.

Estuvimos recostados en aquella colina durante un largo rato. Como era habitual, el erizo encendió el par de antorchas que se encontraban fuera de su hogar y volvió a incorporarse, esta vez dejándose caer contra el césped. El ruido de la ciudad no llegaba hasta este lugar. Éramos sólo nosotros, nuestra respiración y el intenso brillo de la luna llena.

No me pude quedar dormido. Abrí los ojos de súbito, regresando la mirada en un instante. El erizo me llevaba ventaja. Ya se encontraba de pie cuando aquellas pisadas insufriblemente ligeras comenzaban a hacerse notar desde la lejanía.

- Así que es aquí donde te has ocultado todo este tiempo...

Regresé a ver al erizo, incrédulo. Era éste el encuentro que esperaba en el peor de los escenarios. ¿Tuve razón de desconfiar en todo este tiempo? Pero él se mostraba muy nervioso, con su guardia en alto. ¿O es que acaso él era como yo?

Se podía distinguir la silueta de tres aves a la distancia. Se detuvieron frente a nosotros.

- ¿Nos recuerdas? 

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*02/04/2018

¡Hola! Lamento el retraso, me quedé sin internet en casa D: Continúa la publicación semanal, todos los lunes, sin interrupciones :3
Gracias por leer ^ - ^
¡Lindo día!

- Sam

lunes, 23 de abril de 2018

VIII


- ¡Ya te dije que no! - El erizo era insistente con sus extravagancias hasta el punto de abrumarte. - ¡No usaré ese atuendo tan ridículo!

- Por favor, Shadow. - Sonriendo con verdadera autenticidad, no dejaba de intentarlo, ocultándose tras esas desagradables prendas. - Apuesto a que alguien como tú lo haría lucir tan formidable.

- ¡Eso no me va a convencer! - Me había puesto rojo de coraje. ¡Pensar que podía hacer comentarios tan estúpidos...!

- Vaya, de verdad eres necio. Está bien, igual no es como que pensara que funcionaría. - Sin inconveniente alguno, fue al armario y sacó otro uniforme, esta vez uno como el suyo. - En fin, ¡seguramente éste también te hará lucir genial!

- ¡Dijiste que sólo tenías uno para hombre!

- ¡Bueno, bueno! Acabo de recordar que tenía otro. - Se excusó sin siquiera esmerarse en fingir que era cierto, o que al menos lo sentía.

Me dejé caer nuevamente contra el sofá, soltando una gran exhalación. Me esperaba un largo día y me había condenado a pasarlo con él.

¿Era tarde para cambiar de estrategia?

Crujió mi estómago de tan sólo recordar que habíamos salido sin desayunar. ¿Se atrevería de verdad a matarme de hambre? Veía al erizo con desagrado. Mantenía mi ritmo como si ello no representara problema alguno para él. No terminaba de entenderlo. Mientras él no me quitara la mirada de encima, yo no lo haría. Regresó a verme. No podía descifrar su verdadera naturaleza, siempre oculta detrás de aquella molesta sonrisa.

Atravesamos un enorme pasillo cuando finalmente llegamos. Había casi tanta gente y lujo como en la ciudad misma. ¿Esto en verdad era una escuela? Tampoco estaba del todo seguro de qué se suponía que ocurriría en las siguientes ocho horas. Mi tedio era más grande que mi curiosidad por el erizo.

Nos detuvimos al fin frente a un salón tras subir infinitas escaleras y recorrer interminables pasillos.

- ¡Oye! ¿Me estás escuchando?

- Por supuesto, su majestad. - Me crucé de brazos y me apoyé contra la pared, con una marcada mueca de disgusto en mi rostro. El erizo había estado hablándome desde que llegamos a la ciudad, pero no tenía ánimo de escuchar sus nimiedades.

- En serio siempre eres tan pesado. - Pero permanecía tan amigable como siempre. - Tú sólo sígueme el juego, ¿entendido?

Entramos y reinó el silencio. Había al menos veinte estudiantes dentro de aquel enorme aula, todos ellos sentados firmemente en sus asientos. Esos ojos curiosos estaban completamente destinados a mí.

- Sonic. Tarde otra vez. - Comentó una morsa hembra de gran tamaño con libro en mano, observando al erizo ya con poca sorpresa. Él se disculpó agachando la cabeza, un tanto avergonzado. La gorda aquella alzó una ceja mientras que algunos trataban de callar sus carcajadas. - No me dijeron nada de un rostro nuevo. Ya tendrá oportunidad de presentarse. Tomen asiento, por favor. - Continuó con su lectura pero la atención general estaba reservada para mí.

Y pensar que incluso en la gran ciudad seguía produciendo ese efecto sobre la gente... 

Tomé asiento una banca detrás del erizo. Para mi sorpresa, no pasó mucho tiempo antes de que el primer mocoso intentara entablar conversación conmigo. Algunos murmuraban, otros incluso se atrevieron a lanzarme bolas de papel. Abrí la primera con cierta curiosidad, lanzada por una chica que se ruborizó al ver que lo tomaba y, tras leer el ridículo mensaje, la rompí y lancé las demás al suelo.

No necesitaba sus estúpidos piropos.

Lo que más me extrañó fue que el único que evitara todo contacto conmigo, fuera el erizo. Pese a que era un alivio poder quitármelo de encima siquiera por un momento, me resultaba raro. Asomé con discreción al frente. No podía creer a este sujeto. No había notado que a su lado se encontraba aquella chica de la larga cabellera rosada del día anterior, a quien no le quitaba la mirada de encima. Ella ni siquiera le prestaba atención y él seguía suspirando. Di una fuerte patada contra el respaldo de su asiento cuando se tornó insoportable.

- ¿Por qué hiciste eso? - Susurró molesto.

- Pon atención, ¿no?

Pero en realidad no estaba molesto, pues al regresar a verme, su mirada obtuvo un semblante muy distinto. Verlo sonreír con aquella calma me desconcertó. Incluso, se disculpó conmigo antes de regresar la mirada a la pizarra. ¿En qué estaba pensando? Desvié la mirada.

Yo no iba a disculparme con él.

Continuaba de brazos cruzados, cada vez más impaciente. Ya nadie intentaba hablar con nadie y todos tomaban apunte en sus cuadernos, o seguramente sólo pretendían, como tanto me lo había advertido el erizo antes de venir. No los culpo. Intentaba prestar atención a lo que decía la profesora, pero sencillamente no me interesaba. ¿Era éste su secreto? ¿Venir a perder su tiempo todas las mañanas de esta manera? Puse mi mano sobre su hombro, pero antes de poder siquiera pronunciar palabra alguna, me di cuenta de que el erizo ya estaba completamente dormido. Me dio tanto coraje que estuve a punto de darle otra patada a su asiento y mandarlo a volar hasta el pizarrón. Es ahí donde tenían que estar sus ojos, maldita sea. ¡Y pensar que se esmeró tanto en arrastrarme a este absurdo...!

Al girar la cabeza, mis ojos se encontraron con aquella misteriosa chica rosada. Algo en ella me desconcertaba, pero no podía decir con certeza qué. Quizá era la manera con la que observaba atenta al erizo, una mirada que jamás antes había visto. Curiosos, sus ojos brillaban como los de un bebé. Sus pequeños labios que sonreían con suavidad denotaban fascinación. Se me revolvió el estómago de tan sólo pensarlo. ¿Acaso esos eran los famosos ojos de amor? ¡Y por ese erizo! Pobrecita. Tan sólo desviar la mirada, un par de miradas también lo hicieron. Estaba acostumbrado a que la gente me viera con temor, pero esas niñas comenzaban a hartarme.

Apoyé mi cabeza contra mi mano, girando entre mis dedos la única pluma que traía conmigo, pensativo. Desde que dejé Downhood, todas las miradas han sido muy distintas. Mi reputación variaba ante cada nueva persona. Era todavía más difícil descifrar una mirada libre de odio. Rompí la pluma entre mi puño. Lo era todavía más sí usaba esas molestas gafas oscuras.

Pero tan sólo recordar la mirada del erizo, sabía que había mejores maneras de ocultar sus intenciones.

De repente, otra bola de papel cayó sobre mi cabeza. No noté en qué momento me había quedado dormido. Ebrio de cansancio, leí la nota.

¿Aburrido?

Abrí los ojos poco a poco y vi al erizo apoyado contra mi pupitre. Su sonrisa volvía a ser la misma. Susurró algo y regresó la mirada al frente, juguetón. Confundido, el sonido estridente de una campana terminó de despertarme. Todos se levantaron de sus asientos y salieron disparados del salón.

- ¿Qué está sucediendo? ¿Acaso hay que evacuar?

- No, Shadow. - Se reía de tan sólo verme aturdido. - Es nuestro primer receso. Tenemos treinta minutos libres. Vamos por algo de comer y a estirarnos un rato, ¿sí?

Tomó de mi brazo y me obligó a seguirlo hasta un gran patio donde la cantidad de gente era inconcebible. La fila en la cafetería era enorme. Jalaba de mi brazo cada vez que intentaba abrirme paso al frente. Se reía cada vez que gruñía cuando hacía ese gesto tan molesto.

- No es correcto saltarse la fila, ya te lo explicaré luego.

Mascullando insultos, fui a sentarme en una banca lejos de todo ese murmullo. Me senté y esperé con impaciencia.

- ¡Oye, Shadow! - Después de una eternidad, finalmente volví a escuchar su voz. Traía consigo dos platos llenos de comida y un par de bebidas, las cuáles dejó a un lado mío, incorporándose nuevamente. -  Disculpen mis modales. Creo que es hora de que los presente formalmente.

No fue necesario. 

Lo acompañaba la misma chica a quien no dejaba de ver en clases. Ya no debería ser sorpresa, pero de igual manera me levanté de súbito cuando finalmente pude verla con tanta claridad.

- Ahora lo entiendo todo. Tú eres la chica que estaba con el erizo en el incidente del bosque. - Adelanté unos pasos mientras la señalaba, incrédulo, sin poder contener una maliciosa sonrisa de tan sólo recordar.

- Mucho gusto en conocerte, Shadow. Mi nombre es Amy, Amy Rose. - Retrocedió inconscientemente, sosteniendo una sonrisa intranquila.

De igual manera, me extendió su mano. No quería ser grosera. Acepté el gesto y tomé de ella. Era bastante inocente y todavía podías advertir que estaba nerviosa. No sabía si me agradaba o sencillamente me entretenía.

- Lindo nombre para una linda chica. - Al menos. Su voz era chillona, esperaba algo más dulce que sentara con su apariencia. En realidad, cuando no te veía con horror, se trataba de una chica en verdad hermosa.

- Sí, muy linda. - El erizo, quien se mostraba fastidiado desde el inicio, la tomó de los hombros, alzando una ceja.

Regresé a verlo, severo. ¿Era eso lo que le molestaba? Me acerqué a él sin pensarlo, pero de último momento me contuve.

- Quizá eres algo patético. - Cerré los ojos y llevé mis manos a los bolsillos de mi pantalón. - Mi más sincera admiración, Amy Rose. Eres tú quien debe soportar a este idiota todos los días.

Nuestras miradas se enfrentaron. Una tensión espantosa se creó en aquel momento entre el erizo y yo.

La chica tomó asiento y nos acompañó mientras comíamos. O mejor dicho, era yo quien los estaba acompañando a ellos. Mientras platicaban y reían, yo no hacía más que devorar mi comida.

- ¿Te gusta el fútbol americano, Shadow? - La chica veía en mi dirección. Yo realmente no estaba prestando atención a los sujetos que jugaban al fondo del patio.

- No lo sé. Nunca lo había intentado, pero seguramente lo juego mucho mejor que todos esos perdedores.

Ambos me miraron con alarma, haciendo gestos como locos porque me callara. Un par de jugadores regresaron a verme con mala cara. Al comprender la situación, sencillamente sonreí y regresé a dar los últimos bocados.

- Déjame adivinar; podrías ganarles tú sólo con los ojos vendados. - El erizo se cruzó de brazos e hizo el comentario al aire libre, retándome.

- Hoy estás más insoportable que de costumbre. ¿Cuál es tu problema?

De verdad existía una tensión entre ambos el día de hoy, sin poder explicarme porqué. Ambos nos habíamos levantado, nuestras miradas se confrontaron cuando de repente un balón impactó bruscamente contra mi pecho. Un par de voces gruñeron al verme tomarlo sin inmutarme, apenas observándolo con curiosidad.

- Veamos qué tan bueno eres, chico rudo. - Un tigre de bengala de grandes músculos me miraba con ira mientras se echaba a correr nuevamente al centro del campo. Todos los jugadores habían tomado sus posiciones, dejando un espacio claramente para mí.

- Shadow, no deberías de hacer amistad con esos chicos, mucho menos enemistad... - Susurró auténticamente preocupada.

- Te sorprendería saber cuántos enemigos tengo. - Respondí desinteresado, dirigiéndome al centro del campo con el balón en manos. - No notaría si incrementara mi lista.

Ambos me observaban incrédulos. El erizo se dio una palmada contra su frente.

Era una excelente excusa para alejarme de ese sujeto.

- ¿Conoces las reglas, enano? - Con una mirada asesina, un tigre anaranjado me arrebató el balón de las manos.

- Sé que no está permitido matar a mis contrincantes. Puedo ganar con eso. - O al menos esa era la regla de oro de la ciudad, según me dijo el erizo antes de que llegáramos. Ya me las ingeniaría para vencer.

Comenzó el juego y todos, incluyendo mi propio equipo, buscaban una oportunidad para derrumbarme. No me molestaba en lo absoluto. La confianza que transmitía mi sonrisa era capaz de hacer enfurecer a los mismísimos dioses.

- Sonic, ¿qué está pasando? ¿En serio el fútbol americano tiene que ser tan violento?

- Por supuesto que no. Tú espérame aquí. Iré a ayudarlo.

El disgusto tras escuchar sus palabras fue tal que le dio la oportunidad a un gigantón de aplastarme. Riendo, se quitó de encima, quitándome el balón y regresando a la posición inicial de juego. 

- ¿Qué demonios crees que haces, erizo? - Seguía en el suelo, no tenía ánimo de levantarme con las nuevas reglas.

- Sí, ¿qué demonios crees que haces pisando mi territorio, eh, Sonic?

Interrumpió un sujeto tomándolo de la playera y acercándoselo al rostro, molesto. Bueno, sé que no era el único al que podía desagradarle el erizo, pero a diferencia de mí, aquel equidna rojo de baja estatura parecía guardarle una especie de rencor.

- ¿Tienes algún problema con que juegue? - Su sonrisa volvía a ser distinta. Era odiosa, pero me agradaba.

- Lárgate a jugar con las porristas, nadie te quiere en su equipo. - Dio media vuelta, pero frenó al momento que interrumpí.

- Yo lo quiero en mi equipo. - Coloqué mi mano sobre el hombro del erizo. - Quiero ver cómo te humilla. 

- ¡Qué dijiste, gusano! - Pero no protestó más al notar en mi sonrisa lo divertido que me resultaba. - Cómo sea. Puedes jugar en su equipo, sólo porque me lo pide tu novio. - Finalmente se largó a su posición. 

- Ya te arrepentirás, imbécil. - Me coloqué igualmente en posición, regresándole la mirada al erizo, harto. - Ahora, será mejor que me demuestres de una buena vez que esto vale la pena, inútil.

- ¿Inútil? Oye, no puedes ganar sólo corriendo de un lado a otro con el balón. Al menos yo sé las reglas. Recuerda, tú sólo sígueme el juego.

Tan molesta como me resultara su risa, ignoré sus palabras y reanudamos el partido. Me llamaba la atención aquel tomatito andante, pues tenía una habilidad digna de reconocer. Él tenía que ser el líder del equipo contrario.

Lástima que no era gran cosa contra mí.

Tenía razón. Este juego era más sencillo de lo que pensaba. Comenzó la paliza. En cuestión de segundos, una multitud impresionante se había reunido a ver el partido. Todos gritaban eufóricos, la pasión que recibía nuestro equipo resultaba hasta ridícula. Aunque, en realidad, tuve muy poca participación en un principio. Ese erizo era en verdad increíble, si tan sólo para perseguir un balón. No estaba jugando ni la mitad en serio, sencillamente se divertía. Tal vez tendría que encontrarle un reto todavía más formidable. Éste era mi deporte favorito y creo que lo compartíamos; humillar a los demás. No podían contra nosotros.

Empezó una cuenta regresiva y el juego terminó cuando sonó la campana. Aclamaban nuestros nombres y de un grito nos nombraron campeones. El erizo mandaba saludos a todos, alegre, y yo sencillamente fui a su lado, una vez más aburrido. Para mi sorpresa, mis contrincantes se acercaron para felicitarme por un buen juego. Incluso, se mostraban bastante amigables conmigo. ¿A dónde se había ido todo ese odio? 

Al poco tiempo, ya todos se habían marchado a sus clases salvo nosotros y unos cuántos pocos más. El mismo gordo trajeado del día anterior se había acercado a nosotros para invitarnos personalmente a formar parte del equipo de fútbol americano. Todos se mostraban muy respetuosos ante él, y cómo no, se trataba del mismísimo rector de este colegio. Tenía que ser él quien permitió mi estadía gratuita aquí, pues no dejaba de darme la más cordial bienvenida. El erizo pretendía con magistral habilidad considerar su invitación, pues se fue sumamente satisfecho. Era claro que a él no le interesaban esas cosas. Puede que fuera extraño, pero quizá no era tan idiota después de todo.

Se escuchó un rugido desde la lejanía. El erizo interceptó el puño del equidna, que en realidad había estado destinado para mí.

-  Es sólo un juego, por amor de Dios. No pienso unirme a tu equipo. No soportaría tener que verte todas las tardes, Knuckles.

- No creas que eres la gran cosa sólo porque el rector lo cree así. Algún día te expondré como el bufón que en verdad eres. - Añadió lanzando otro puñetazo, el cuál nuevamente volvió a interceptar. Detenía ambas manos. 

- ¿Te importaría controlar tu maldita ira, Knuckles? 

- ¡No te tengo miedo, Sonic! 

Tan sólo tomar a la chica de la mano, la tensión se desvió hacia mí.

- No tengo ánimo de ver algo tan patético. Te veo en el aula.

Pese a la confusión general, nadie nos siguió. No fue hasta que llegamos al abandonado pasillo frente a nuestra siguiente clase que la solté.

- Gracias, Shadow, pero no era necesario que hicieras todo esto. Lamentablemente, ya sé cómo puede llegar a ser Knuckles.

- Gracias a ti por darme la excusa perfecta para alejarme de esos dos dolores de cabeza.

Sin embargo, insistía en verme con esa carita de confusión. Sonreí con ironía de tan sólo pensar en lo acostumbrada que debía estar a que todo el mundo estuviera enamorado de ella.

- Tranquila, sólo quería fastidiarlos un poco. Lamento que fuera de una manera tan despreciable.

- No puedo creer que siga comportándose de esa manera... - Soltó un suspiro. Se mostraba en verdad desanimada de tan sólo pensarlo. - ¿Sonic estará bien enfrentándose a alguien como él? No sabes lo terrible que ha sido estos últimos meses. No quiero entrar en detalles con respecto a lo que haya sucedido entre Knuckles y yo en el pasado, pero no sabría qué hacer si llegara a vencer...

- Oye, no eres un objeto. ¿Acaso no tienes voz en todo este asunto? - Desvié la mirada con disgusto. ¿Por qué me estaba diciendo todo esto? - Ese erizo podría matarlo si quisiera. Yo que sé, tú lo conoces más que yo, ¿no?

Ella se quedó parada ahí un rato más, embobada y pensativa por su príncipe azul. Me fui de ahí. Y pensar que el aula podía ser menos tedioso, ¡qué ridículo! Todo era tan absurdo. Todo en esta ciudad lo era.

¿Cuándo podría irme de aquí?

Cinco clases y un receso más era la respuesta. No tenía sueño pero quedarme dormido había sido la mejor estrategia para saltarme esta tortura de día. Cuando finalmente volví a abrir los ojos, apenas llegaba un nuevo profesor. Se tomó su tiempo para escribir signos y números en la pizarra.

Claro que el erizo continuaba mirando a su costado tan embobado como siempre. Al verla ruborizarse, le mandó un pequeño saludo con la mano y le dedicó una suave sonrisa.

- Entonces, ¿cuándo se van a casar ustedes dos? - Volví a patear ese respaldo, llamando su atención.

- Eres todo un cómico. - Respondió con una sonrisa sarcástica. - ¿Acaso estás celoso porque ni con todas esas siestas puedes ser tan bello como Amy?

- "Tan." - Continué a la burla, jugando con mis púas. – Vaya, no sabía que bateabas con la zurda. Tampoco me sorprende.

- Alguien está celoso. - Dijo a manera de canto y ese imbécil se me abalanzó encima, rodeándome con sus brazos sin piedad alguna. 

-¡Qué crees que haces! ¡Quítate de encima! - Hacía un escándalo pero no me dejaba en paz.

- Shadow está celoso aunque él sea mi favorito. - ¡Continuaba coreando una y otra y otra vez!

La confianza que se tomaba conmigo era irritante. Se divertía con autenticidad. ¡Cómo se atrevía a tratarme de esa manera, sabiendo quién era yo...! No me soltó hasta que el profesor finalmente empezó a explicar su tema. 

Sería la única clase a la que prestara atención, y pese a haber durado dos horas, no pasó tan mal. Su explicación era realmente sencilla y la actividad que dejó era pan comido. Y se lo demostraría al erizo. 

- Entonces... A ver, sí está multiplicando y es negativo, entonces... No sé.

- ¡Oye, erizo! - Estrellé la hoja de ejercicios contra su pupitre. Sonreía con burla mientras presumía la firma del profesor y una nota perfecta.

- Felicidades, Shadow. - Pero no prestaba atención, o al menos intentaba no hacerlo.

- Mira, incluso me dibujó una carita feliz. ¿Te han puesto alguna vez una carita feliz?

- ¡Shadow! ¡Cállate! ¡Me desconcentras! - Llevó sus manos sobre su destruido cráneo, realmente histérico. Era la reacción que estaba esperando. 

Volví a mi asiento y, sólo para vengarme por todas las malas bromas que me había jugado en el día, no dejaba de mecer su silla con mi pie. Enloqueció a tal punto que prefirió entregar su ejercicio así como estaba, regresando con un triste seis sobre diez.

- Es definitivo, ¡odio graficar!

- Ni siquiera te pedía eso…

Emerald Institute, cero; Universidad de la Vida, uno.

Finalmente había terminado el día y pude salir de ahí. La chica rosada nos acompañó hasta la salida y luego de intercambiar unas palabras con el erizo, se despidió de nosotros, un tanto apresurada. Antes de subirse a ese vehículo del futuro, se despidió del erizo con un beso en la mejilla y un breve, pero cariñoso, abrazo. El erizo se llevó su mano a su mejilla, incrédulo. Quise hacer caso omiso de toda esa situación, pero no pude soportar ni un minuto de verlo en ese trance que no pude contenerme. Me planté frente a él.

- Qué ridículo eres. ¿Quién es esa chica y por qué tienes que actuar tan insoportable frente a ella?

- ¿Qué? ¿No la escuchaste? Es Amy Rose. - Se reía con burla, simpático.

- Sabes a qué me refiero. Realmente le gustas a esa chica.

- ¿Qué dices? No. Ella sólo está intentándolo. Es normal. Después de todo, eso se supone que es lo que hacen los novios, ¿no?

- ¡Eh! ¡Ustedes dos son novios! - Retrocedí inconscientemente. Ahora todo tenía sentido.

- Bueno, apenas llevamos un par de días de noviazgo. Un cierto cadáver en el bosque arruinó nuestra primera cita. - Sonrió mirándome con burla. Sencillamente se reía.

- No necesitas que yo lo arruine para que se dé cuenta de lo molesto que eres.

- Pero no hablemos de eso, Shadow.

Desvió la mirada. Incluso cuando su mano continuaba contra su mejilla, él no volvió a decir nada más del asunto. Estaba realmente sumido en sus pensamientos pero no es como que estuviera que explotaba en felicidad. En fin, ese no era mi asunto y me quité del medio de tan sólo pensar en lo ridículo que era esto.

Había estado caminando unos pasos frente a mí, todavía absorto en sus pensamientos. De repente se detuvo, regresándome a ver con una sonrisa renovada.

- Gracias por acompañarme.

Esquivé su mirada y continué caminando, pasando a un lado de él.

- No pienso volver mañana.

Pero me detuvo del hombro, sonriendo a la par que soltaba una pequeña carcajada.

- Sé lo tedioso que puede ser. Es por eso que tienes seguir viniendo conmigo. - Quedé de frente hacia él, observándolo al rostro. Tenía oportunidad de ver esos malditos ojos una vez más con claridad. Sus preocupaciones eran sumamente comunes para tratarse de un fenómeno como él. Puso ambas manos contra mis hombros, desconcertándome todavía más.

Él siempre encontraba todo divertido.

- Tenemos toda la tarde para nosotros en este laberinto. Vamos por algo de comer.

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*15/04/2018
- Sam

lunes, 16 de abril de 2018

VII


Sencillamente no consideraba seguir con vida a estas alturas. Él sólo quería verme enloquecer, verme suplicar antes de dar el golpe final y quedarse así con la gloria. Él quería ser el héroe de esta historia. Pero lo único que lograba era alimentar mi odio día con día que pasaba.


Te arrepentirás del día en que se cruzaron nuestros caminos.


Parpadee varias veces para asegurarme de ya no estar soñando. Sus ojos hacían los mismo. El erizo estaba sobre la cama, su nariz casi rozando contra la mía y, ¡por Dios! ¡Esa molesta sonrisa!


- ¡Bue... buenos días, Shadow...!


Había sido demasiado, incluso para él.


- No tienes que ser tan violento. Bastaba con pedirlo, ¿sabes? - Sobaba su cabeza mientras se levantaba del suelo, quejoso. 


- Ya sé que tengo que acompañarte a tu estúpida ciudad. No iba a quedarme dormido. - No quería intercambiar palabra con él. Había sido muy vergonzoso.


Pero el día de hoy era una persona completamente distinta. Se mostraba en exceso impaciente e insistía como loco porque saliéramos en cuanto antes. Incluso me obligó a tomar una ducha express. ¿Tanto le molestaba mi apariencia? La nana incluso había dejado ropa limpia a mi alcance. Era un fastidio vivir aquí. Acepté el par de guantes y calcetines nuevos y opté por la chamarra verde con negro.


- ¡Gemelos! 


Azoté la puerta y volví a cambiarme.


El desayuno fue otra decepción. Ahora era él quien devoraba y yo quien lo observaba sin poder decir exactamente por qué. Me fastidiaba tan sólo pensar que pudiera ser él quien me estuviera ocultando algo a mí. ¿Qué? No lo sé. Aunque me disgustara la idea, era bueno que no quisiera separarse de mí porque yo tampoco lo quería así.


No se dijo nada hasta que finalmente salimos de esa casa.


Descendimos por una enorme colina. Estábamos en medio de la nada. Detrás de nosotros, no había más que bosque. Al frente, la gran ciudad en la lejanía. Nos detuvimos frente a la parada de autobuses.


- Vamos, vamos... - Pasaban los minutos y no dejaba de bailar en su lugar, impaciente. - No puedo creer que no sonara la alarma. De todos los días, hoy...


- Así que en realidad no es mi culpa que estés actuando tan molesto. - También comenzaba a impacientarme. - No lo entiendo, ¿cuál es la prisa? Ni siquiera ha salido el sol.


- Lo siento, es sólo que tengo quince minutos para llegar al colegio. Necesito pedir un gran favor y si soy impuntual, dudo que me apoyen con ello.


- ¿De verdad? ¿Todo este show se debe a algo tan estúpido? - Incrédulo en un principio, añadí con una sonrisa burlona. - Eso explica el atuendo tan ridículo. ¿Juegas a la escuelita y no quieres que diga que eres un mocoso?


- Oh, claro, se me olvida que tú asistes a la Universidad de la Vida. - Continuaba viendo al frente.


Pasó todavía más tiempo. Nada.


- No entiendo por qué tienes que ir. Quiero decir, si de verdad te enseñaran algo, sabrías que no llegaríamos a tiempo incluso si el bus llegara justo ahora.


- ¡Ya lo sé, ya lo sé...! Si tan sólo pudiera ir corriendo...


Dejé salir una gran exhalación.


- Sí de eso se trata, vamos. - Me adelanté un par de pasos. 

- ¡Espera espera! ¡A dónde vas!

- ¿A dónde más crees que voy? - Me eché a andar sin esperar respuesta suya. - Ya averiguaré dónde queda tu estúpido colegio.


La pendiente de la colina era en verdad peligrosa. En fin, la decisión que tomara él no era responsabilidad mía, ¿pero por qué tenía que estar tan lejos? Aunque no tenía manera de saber la hora, estaba seguro de que había llegado a la ciudad dentro del tiempo establecido.


Encontrar su colegio realmente fue la parte más sencilla. Se trataba de una edificación enorme, el primero que noté al llegar. ¿En verdad el erizo estudiaba en un lugar como éste? ¿Por qué tenía que ser tan colosal? Aunque en realidad no era el único en su especie en toda esta ciudad. ¿Así habrán sido los edificios alguna vez en Downhood?

- ¡Shadow! ¡Cumpliste con tu palabra! ¡Qué bien! - Para mi sorpresa, el erizo ya estaba frente a la entrada cuando yo llegué. - ¡No dejas de sorprenderme! - Pero era él quien sonreía con orgullo. Intenté disimular, pero ya lo había notado. - En verdad lo siento, hoy tendrá que ser la excepción... - Para ser alguien que lo sentía, se veía muy alegre. Subió con entusiasmo aquellos enormes escalones, despidiéndose de mí con una mano.

- ¡De qué hablas! ¡Qué demonios se supone que haga ahora mientras tú vas y juegas al estudiante! ¡Por qué me trajiste aquí entonces! 

- ¡Ten! - Y, como si lo hubiese anticipado, me lanzó un monedero en excelente condición. - Sé que no es mucho dinero, pero puedes usarlo para lo que gustes. Salgo del colegio a las 14:00 horas. Necesito verte sí o sí, con buenas noticias y todo, así que por favor sé puntual. ¡Lindo día!

Su voz y él se perdieron tras el otro lado del gran arco. Ya ni siquiera intenté protestar, sabía que cualquier cosa sería inútil. Vaya forma de abandonarme. En fin, di media vuelta y me fui.

Abrí el monedero con curiosidad y no fue en vano. ¡Por eso era tan pesada; tenía muchísimo dinero ahí dentro! Como si no bastaran los billetes, también habían demasiadas monedas. Alcé la mirada, sujetándolo contra mi pecho y mirando a los alrededores con desconfianza. La gente seguía caminando normal. Qué descuidado. Dijo que podía usarlo para todo lo que quisiera, ¿pero cómo se supone que se usa esto? Lo cerré y lo guardé en mi bolsillo. Supongo que tendré que hacerlo a la manera de la gran ciudad.

Era insoportablemente gigante. Un edificio más grande que otro. No sabía si había más gente que autos, todos yendo de un lado a otro caóticamente. Me preguntaba a dónde iban y cuál era la prisa. No pude soportarlo más y me detuve en el primer lugar de hamburguesas que se me cruzó.

Al dar el primer bocado, no pude contenerme de pedir orden tras orden. Me habían hecho sentar en una gran mesa sólo para mí y un chico esclavo no dejaba de ir y venir sólo para preguntarme si todo estaba bien. Lo tomé de la playera, comenzaba a hartarme, pero al notar todos los ojos posados sobre mí y su rostro lleno de una cobardía como jamás antes la había visto, lo solté sintiéndome por primera vez tan aludido. ¿En la escuela les enseñaban modales? Bueno, yo se los había enseñado a aquel irritante chico; no volvió a molestarme en toda la comida. 

No sabía qué demonios era una malteada, pero no me arrepentía de haberla pedido. Era tan dulce y espesa, no podía creerlo. Me perdí en mis pensamientos mientras le daba sorbos. Volvía a pensar en el erizo. Aunque era de mi completo desagrado, era mejor que pensar en otras cosas. Ahora no sólo me intrigaba en qué consistiría su ridículo plan... esa carrera a la ciudad me había dejado perplejo. ¿Cómo es posible que llegara tan rápido? ... Y pensar que había sido yo quien había olvidado el encuentro en el bosque. No pude acertar todos mis golpes. Recordaba su rostro... No, él no podía ser uno de ellos. Era tan alegre y molesto, pero molesto en otro sentido. Él no era de naturaleza violenta. Era un fastidio incluso cuando no estaba aquí.

De repente, me dio una ansiedad porque dieran las 14:00 horas y pudiera encontrarme con él.

- ¿Qué es esto? - Me pasaron un papelito con varios números y muchas cosas escritas en él.

- Es-es s-s-su cuenta, s-s-señor. - Se fue corriendo, sin siquiera explicarme qué era una cuenta. Sé lo que era, pero no solía ser yo quien la pagara.

Saqué el dinero del monedero, lo dejé sobre la mesa y me fui. Todos me miraban con una sorpresa que era inusual incluso para mí. Comenzaba a incomodarme. El chico fue el más encantado de mi partida y no dejaba de agradecerme, una y otra vez, con lágrimas en los ojos. 

No terminaba de conocer la definición de molesto.

La ciudad era un lugar muy aburrido. Ya no quería continuar vagando y el sol me estaba matando. Regresé y me senté en la banqueta, al otro lado de la calle, viendo fijamente la gran escalera por la cuál había desaparecido el erizo.


Ver todos esos coches y gente pasar frente a mí era increíblemente tedioso.


Salían los primeros estudiantes. Todos ellos eran unos zombies, unos más feos que otros. Mi pie pegaba contra el suelo repetidas veces. Algunos salían lastimeros, otros eran muy ruidosos. Me levanté impaciente y atravesé la calle sin siquiera regresar la mirada. Frené impulsivo. Finalmente lo vi salir. A su lado, una linda chica de larga cabellera rosada lo acompañaba; Frente a ellos, un gordo trajeado se acomodaba sus redondas gafas. Ambos le hablaban a éste con gran entusiasmo. De repente, sin siquiera regresarme a ver, el erizo había señalado en mi dirección. La mirada severa del gordo aquel comenzaba a irritarme. Por último, regresó a ver al erizo, asintió y desapareció nuevamente por donde había salido. Él erizo empezó a brincotear. No podía estar más impaciente y él no terminaba de despedirse de aquella chica. La tomó del rostro y le plantó una serie de besos en la frente, desmesurado. Desvié la mirada. Romeo comenzaba a enfermarme.


En algún momento, su voz volvió a ser audible y en cosa de nada, dando un gran salto, bajó la escalera, triunfante, abalanzándose sobre mí.


- ¿Qué es lo que te tomó tanto? - Gruñí mientras intentaba quitármelo de encima. No dejaba de moverse con alegría y decir mi nombre innumerables veces.

- ¡Shadow! ¡Excelentes noticias! - Pero no podía quitármelo de encima. - ¿Te gustan las aventuras?


- No.


- Oh, ups, puede que no sean tan buenas noticias entonces. En fin, ¡desde mañana podrás asistir al colegio conmigo!


- ¡Qué! - Lo tomé de los hombros, apartándolo con brusquedad. - ¡Por qué hiciste algo tan estúpido!


- Por favor, tú sabes que éste era el plan desde el comienzo. No puedes estar solo en casa sin causarme mala espina. - Sin que me percatara, había tomado su monedero de mi bolsillo, abriéndolo y mostrándome su vacío contenido. Me miraba con picardía. - ¿Lo ves?


Lo empujé y le di la espalda, cruzándome de brazos, furioso.


- ¡Ese no es mi problema!


- Lo es para mí... ¡Pero ya no! - Se acercó y puso nuevamente sus manos sobre mis hombros, tímido , mientras me meneaba con ánimo. - Vamos, yo sé que te aburriste tú solo en esta gran ciudad. Di que sí, di que sí.


Regresé a verlo con brusquedad, mis manos hechas puños, pero él continuaba sonriendo. Su táctica para apaciguar mi ira funcionaba. Dejé salir un gran suspiro y él soltó una pequeña carcajada de victoria.


Este chico era un verdadero parásito.

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*31/03/2018

- Sam

PD: ¿Alguien sabe cómo aplicar la fuente predeterminada del blog a todo el texto? :c

lunes, 9 de abril de 2018

VI


Nos desplomamos contra el suelo. Mi visión, turbia. Un chillido infernal en mis oídos. Vi su cuerpo tendido en el suelo. Debía estar muerta. Nada más que recuerdos borrosos. Cada paso, una eternidad. No debí haber llegado muy lejos. Volví a caer. 

¿Por qué sigo con vida? 

Desperté, agitado. Una cobija azul me cubría. Estaba en una habitación enorme, techo y piso de madera, acogedora por donde la vieras. Aquel erizo azul de las púas caídas también era real. Lo observaba con estupefacción mientras éste poco a poco abría los ojos, inhalando y exhalando suavemente por la boca. Regresé a ver mi propio cuerpo, quemado por todos lados, todo yo hecho un desastre. Regresé la mirada a él una vez más.

¿Quién demonios era este sujeto? 

- No pensé que despertarías tan pronto. - Frotándose un ojo, comenzaba a incorporase. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. - Qué alegría.

- ¿Alegría?

Hubo un largo silencio de por medio. Se reclinó hacia el frente, sus manos apoyadas contra sus piernas. Tuve oportunidad de ver aquellos inusuales ojos verdes una vez más. Comenzaba a incomodarme. La manera en la que me veía aquel sujeto... no sabría cómo describirlo, o por qué lo hacía. Y su sonrisa. ¿Por qué seguía sonriendo de esa manera? Inconscientemente, retrocedí mi cuerpo cuanto pude. ¿Cómo es que podía estar tan tranquilo?

- ¡Oye! - Exclamó de repente, a propósito. - Ya entendí que mi ayuda fue completamente innecesaria. - Desvió la mirada e hizo una breve pausa. - Te hubieras recuperado de todas maneras si no hubiera interferido, ¿verdad? 

Lo miraba con atención. No respondí nada.

Condescendiente, de brazos cruzados y su gran sonrisa, añadió:

- Pero también entiendo que no sería una idea brillante volver a ese lugar, en especial en esa condición. Ni siquiera para alguien como tú. 

- ¡Qué quisiste decir con eso! ¡Acaso me estás retando!

Pero le había causado gracia. Se reclinó una vez más en su asiento, llevándose una mano contra su barbilla y, como si hablara consigo mismo, añadió. 

- Al parecer, todos tenemos nuestros defectos después de todo...

- Puedo ver los tuyos...  - Mi enojo se había disipado. Estaba más confundido que nada, especialmente cuando se tornó tan serio de repente.

- Haya sido lo que haya sido, seas tan fuerte como seas, eres muy afortunado de seguir con vida.

- ¿Afortunado, dices? - Repliqué molesto, tratando de ocultar con mi mano sana la evidencia de quemaduras en mi mejilla. Desvié la mirada. - Sólo me tomaron por sorpresa.

- Pero no me dirás lo que te sucedió... - En efecto, hubo otro silencio. Volvió a sorprenderme cuando al poco tiempo se levantó de súbito, tan triunfante, como si hubiera llegado a la resolución más natural. - Entonces está decidido. Vivirás en esta casa.

- ¡Qué! - ¿Se trataba de verdad de un idiota? ¿Debía recordarle nuestro enfrentamiento en el bosque de momentos atrás? 

- ¿Acaso no es obvio? - Y, como si fuera yo quien no lo entendía, regresó a verme una última vez, sonriendo. - Nos vemos mañana.

Fue todo. Se fue de la habitación.

De verdad... ¿Quién era este idiota? ¿Qué demonios tenía en mente? En serio se estaba esmerando en fastidiarme.

Pero lo único que pude hacer al respecto fue soltar un suspiro.

Por más que odiara aceptarlo, tenía razón. Mi cuerpo estaba hecho un asco y no podía moverme del todo bien. Ni siquiera podía sentir mi brazo. Volver ahora sería una locura. Es verdad que no tenía motivo por el cuál quedarme, pero lo tenía todavía menos para irme. De todas maneras... ¿qué tan lejos podía estar el bosque de aquí? Jamás sospecharía de que me encontrara en el hogar de alguien, al menos no sin suponer que lo tendría de rehén, y no creo que quiera hacer un escándalo. En fin, no se podía negar que se trataba de un buen refugio. Me iría en cuanto tuviera un plan.

No había hecho más que suspirar en todo ese momento. Intentaba convencerme del nuevo rumbo que habría de tomar mi vida a partir de ese momento. La sensación de resignación era tan familiar como siempre.

Comenzaba a cuestionarme quién era el verdadero idiota.

Tuve la sensación más extraña al despertar. El sol brillaba con suma intensidad, pero no era molesto; su calidez me resultaba bastante acogedora. Tampoco había un silencio absoluto. Se podía escuchar a aves e insectos hacer sus cosas de aves e insectos. Se sentía fresco e incluso había un aroma agradable. Me sentí mucho mejor al estirar mi cuerpo. Finalmente podía sentirlo. Había descansado bastante bien... y luego lo recordé todo. Debía disfrutar de esta ilusión mientras durara.

Recordé abruptamente al erizo. En la silla donde había estado el día anterior, ahora había una nueva puesta; unos nuevos guantes y calcetines, y una chamarra oscura un tanto similar a la mía, pero de una calidad totalmente distinta. Desvié la mirada. Qué desagradable sujeto.

Salí de esa habitación con cierta mala espina, observando a todos lados antes de dar el siguiente paso. Me encontraba en medio de un gran pasillo. Tanto a mi derecha como a mi izquierda, habían numerosas puertas y todas ellas se encontraban cerradas. En eso se parecía a mi viejo "hogar", pero el ambiente era completamente distinto. Sí, era como volver a ese laberinto con infinitos pasillos, ¡pero qué hogar! Se trataba de una casa inmensa. Incluso con tantas cajas y pertenencias regadas por ahí, resultaba demasiado amplia. Este sujeto tenía muchas riquezas y vivía solo. ¿No era demasiado arriesgado tenerme como huésped? Qué fastidio. Y pensar que me dejó dormir en su habitación...

- ¡Qué sorpresa! - Me había recibido con aquella sonrisa una vez que bajé al primer piso. - ¡Temía tanto que te hubieras escapado!

- Temor a tal punto que decidiste dormir en el sofá. - Me crucé de brazos sin quitarle la mirada de encima, suspicaz. - ¿En verdad planeabas interceptarme?

Pero su respuesta siempre sería una carcajada.

- Bueno, bien podías haber escapado por la ventana que había en tu habitación, ¿no crees?

Desvió su mirada sin prestar mayor atención, terminando de ajustar sus agujetas. Puso una mano contra su frente, cubriéndose de los fuertes rayos de sol que entraban por la ventana.

- Qué día tan precioso.

Se movía por la casa como si de verdad no le molestara mi presencia. Peor aún, contaba con que lo siguiera. Cedí cuando un aroma en extremo agradable captó por completo mis sentidos. Al entrar en aquella cocina, vi sobre una mesa un tremendo plato de comida lleno de tantas cosas que jamás antes en mi vida había visto juntas. Llevé mis manos contra mi estómago, avergonzado. Rió al escucharlo crujir. No pude contenerme, pero eso a él no le molestó. Se excusaba por su inhabilidad para la cocina y no dejaba de insistir en que me sintiera como en casa, yo sencillamente lo ignoraba. Tenía que tomar vaso de agua tras otro para no ahogarme, pegándome en el pecho constantemente. Él no había dado ni un sólo bocado. No me quitaba esos molestos ojos de encima y nada borraría aquella sonrisa de su rostro.

Me levanté en cuanto terminé. Pasé frente al erizo sin siquiera dirigirle una mirada y regresé nuevamente a la sala de estar. Me dejé caer contra el sofá, pero él nunca vino a fastidiarme. 

No tenía ánimo de meditar y mi plan ahora no consistía en nada más que esperar. ¿Valdría la pena seguir intentándolo? Yo ya había perdido en este juego del cazador y el ratón. Qué divertido sería si el erizo de repente regresara y se encontrara con mi cuerpo muerto tendido en su sofá. ¡Cómo luciría su cara de horror! No pude evitar sonreír con malicia. 

En fin, era demasiado ocio y salí al patio trasero al escuchar tanto ruido. Era el erizo tomándose un baño improvisado con manguera y cubeta en manos.

- No eres más que un niño.

- Sigues usando la misma ropa de ayer. Te vendría bien un cambio. - Acto seguido, me apuntó con la manguera, a punto de tapar una parte de la boquilla con su pulgar.

- ¡Ni siquiera lo pienses! 

Ya comprendía que su respuesta siempre sería una carcajada. Comenzaba a colmarme la paciencia. 

Permanecí apoyado contra un árbol sin quitarle la mirada de encima. A simple vista, parecía un sujeto normal, quizá demasiado libre de preocupaciones. Quería descifrar cuáles eran sus verdaderas intenciones. Aparentaba no percatarse de ello, pero él tampoco me perdía la pista. Se dejó caer contra el césped, soltando un gran suspiro. Pretendía quedarse de esa manera el resto de su vida si yo no cedía primero. Fui y me senté a un lado suyo. 

- ¿Al fin vienes a decirme qué es lo que te sucedió? - Sonrió sin siquiera abrir los ojos.

- Sigues con eso en mente.

- Creo que merezco saberlo. Si te estoy dando refugio, seguramente yo también corro peligro, ¿no crees?

- Más del que crees.

Se sentó de súbito. Me miraba fijamente al rostro, severo. Podía ser un sujeto completamente distinto en cuestión de segundos. Naturalmente, su amistosa sonrisa volvió al instante, como si jamás se hubiera ido de ahí. Me extendió la mano.

- Sonic.

- Shadow. - Respondí desinteresado, sin corresponder su gesto. 

- Vaya, no pensé que sería tan sencillo. - Flexionó las piernas, abrazándolas, todo él compactándose. Se mostraba desilusionado.

- ¿Qué dices? ¿Y por qué tendría que ser difícil? Es más, me gusta que la gente sepa mi nombre. Me gusta que sepan quién soy yo. - Me gusta que ese nombre que alguna vez escucharon con tanto entusiasmo sea el nombre que todo el mundo termina recordando con pavor.

- ¿Ah, sí? ¿Acaso tu nombre es muy conocido? - Regresó a verme sin confiar en mi palabra, curioso.  Incluso, a manera de burla, añadió. - Quiero decir, es la primera vez que escucho de él.

- Al menos lo es en las calles de Downhood.

- ¿Downhood? - Finalmente había logrado perturbar la tranquilidad del erizo. - ¿La famosa ciudad de la muerte? 

Me levanté, mis ojos clavados contra los suyos. Al verme de esa manera, hizo lo mismo. Nadie podía disimular sus nervios frente a mí. No pude contener una sonrisa maliciosa. 

- Es correcto. - Comencé a acercarme a él. Retrocedía un paso a la par que yo adelantaba otro, pero intentaba no dejarse dominar. - "La ciudad de la muerte"... ¿Es así cómo nos recuerdan? - De un rápido movimiento, lo detuve de ambas muñecas. Ya no podía retroceder más. Mi rostro estaba bastante cerca del suyo. Veía con curiosidad aquellos ojos verdes de un brillo intenso, casi irreales, mientras él claro veía con horror los míos. - ¿Te gustan? Los rumores dicen que están teñidos con la sangre de la gente que he matado. - Era ahora mi sonrisa la que lo perturbaba a él.

- ¿Tratas de decirme que es ese el motivo? ¿Estás aquí por tus propios actos?

Así que era por eso que el erizo se reía tanto. Pensaba que mis respuestas eran estúpidas y sólo jugaba conmigo.

- Te diré la primera regla de Downhood, erizo; No seas ingenuo. - No pude contener más mi carcajada al sentir sus brazos temblar de esa manera. Lo solté con desdén y me dejé caer contra el suelo. - No son más que rumores. La ciudad no está deshabitada.

- Perfecto, eres de los de humor negro. - Se quejó llevándose una mano contra su débil corazón.

- Veo que no eres del todo brillante.

- ¿No eres tú el niño? - Se veía fastidiado, pero no por ello se fue. Tomó asiento frente a mí, de piernas y de brazos cruzados. - ¿Cuánto años tienes, Shadow?

- No lo sé.

- ¿Puedo saber tu nombre pero no tu edad?

- Ya te dije que no lo sé.

- Ja, así que tendremos que elegirte una fecha de cumpleaños... - Al parecer, tener un cumpleaños era todo un ritual para la gente de afuera. No era el primero en hacer ese comentario. - Yo tengo dieciséis años. Me rehuso a pensar que seas menor que yo, con lo amargado que eres. 

- Con lo molesto que eres, me rehuso a creer que no seas más que un niño.

- Vamos, estoy seguro de que no tenemos mucha diferencia de edades.

- Sigue sin quitarte mocoso

El erizo había recuperado su buen humor, pero no por ello volvimos a intercambiar palabra lo que restaba del día. El único punto donde volvimos a coincidir, fue en la tarde y en la noche en la cocina, únicamente para comer. Aunque no se había esforzado del todo como con aquel desayuno, si su intención era impresionarme, debía darle crédito y admitir que se trataría de un buen esclavo. 

Lo que todavía no alcanzaba a entender, era quién exactamente era este sujeto. Recordando aquel evento en el bosque, era fácil advertir que no se trataba de un chico cualquiera. Y esos ojos... No podría dejar de verlos con recelo hasta no llegar a una resolución.

Antes de que me fuera a la habitación a dormir, sin esperar respuesta, dijo que sería necesario que lo acompañara durante el resto de mi estadía a la famosa ciudad de las joyas. Era bastante enigmático en su manera de expresarse. Su rostro se manifestaba siempre tan calmo que no podía advertir si sus palabras guardaban una doble intención o sencillamente se estaba divirtiendo. Preferí no hacer preguntas ni objetar por más molesto que me resultara.

En fin que no tenía intención alguna de separarme de él.

Definitivamente no era uno de ellos, pero algo en él no me daba buena espina. Quería saber por qué.

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*26/03/2018
- Sam

lunes, 2 de abril de 2018

V


Debió tomarme al menos otra hora levantarme, perdiendo el equilibrio a cada paso que daba. Me aferraba a los árboles conforme avanzaba, inhalando y exhalando prolongadamente, con mi visión todavía nublada. Mi mano contra mi rostro, sintiendo una tremenda desesperación conforme hacía memoria, regresé la mirada a un costado nada más para ver que la espada se encontraba ahí tirada. 

Maldición, qué estaba sucediendo... 

Aunque torpe, recorrí tan rápido como me lo permitieron mis piernas el largo camino de destrucción que se había formado con aquella explosión. Al final de éste, caí de rodillas, golpeando el suelo múltiples veces, atormentada. Él ya no estaba ahí. ¡Él era inmortal! Un escalofrío se disimulaba con el coraje que sentía en aquel momento. 

¿Por qué estaba pasando esto? 

Todavía no me encontraba del todo lúcida cuando finalmente regresé a la base. Me quité ambos guantes, refunfuñando, en fin que habían sido destrozados. Noté la palma de mi mano derecha enteramente quemada. Maldiciendo, puse la otra en el escáner y se me concedió el acceso. El descenso se sintió como una eternidad, pero eso estuvo bien. Me invadía una ansiedad insufrible. No podía dejar de pensar en el infierno que se había desatado. 

Se abrió la puerta del elevador. El profesor se encontraba dentro del centro de operaciones, aquella habitación en la cuál había sorprendido al erizo en la madrugada. Me vio a través del gran muro de cristal. Sus pequeñas gafas oscuras y redondas, al igual que su bigote exageradamente poblado, largo y marrón, impedían siempre ver con claridad su rostro, pero no era difícil advertir cuán furioso se encontraba.

- ¡Qué demonios ha sucedido anoche! ¡Exijo una explicación! - Grave, se acercaba a paso apresurado. - ¡Por qué hay un desastre aquí! ¡Dónde está Shadow!

No pude decir nada. Ni bien me acerqué un par de pasos, soltando una gran exhalación, caí de rodillas. Era momento de aceptar que no se trataba de un mal sueño.

Su desproporcionado cuerpo de huevo pegado a aquellas piernas tan largas y delgadas lo hacía ver como una especie de bestia desde este ángulo. Podía llegar a ser muy intimidante. Agaché la cabeza. Tenía una fuerte sensación de nauseas, pero su voz severa me hizo incorporar al instante. Volví a alzar la mirada.

- ¿Dónde está Shadow? 

Me tomó unos buenos segundos pronunciar palabra alguna. Hablé atropelladamente, sin coherencia ni orden. Balbuceaba. 

- Hubo una gran explosión. ¡Fue la espada! - La saqué de su funda, pero la dejé caer torpemente. Era muy pesada, sí, pero tampoco me sentía ya cómoda portándola conmigo. - Lo vi con mis propios ojos... ¿Por qué? ¿Por qué es tan poderosa? ¿De dónde salió esta cosa?  ¡El bosque quedó hecho añicos y Shadow...! - Me levanté como pude, con una terrible jaqueca, llevándome la mano contra mi rostro una vez más. Tuve que apoyar mi espalda contra el muro. - ¡Él debió haber muerto! ¡Pero no está! Él escapó. Cuando desperté, él ya no estaba ahí. Él... - Me interrumpió seco.

- ¿Qué te hace pensar que Shadow moriría tan fácilmente?

- Cuando trató de atacarme, la espada desprendió esta gran ráfaga, ¡una incontenible onda de energía que arrasó con todo! ¡De la nada! - Agitada, sostuve mi mirada contra la del profesor, escéptica. - Tal y como ellos lo hacen.

- Después de todo, tú también sigues con vida. - Sentenció sin inmutarse.

Con mala cara, desvié la mirada y me crucé de brazos.

- Lo sorprendí irrumpiendo en esta sala. - Señalé la caja de control de la cuál lo había visto salir. - Más específicamente, ahí.

Mis palabras parecieron disgustarle sobremanera. Pidió que me tranquilizara, disculpándose conmigo al notar el nerviosismo que me provocó el verlo de esa manera. 

- Hiciste bien. Es sólo que llegué a confiar en ese sujeto y... ¡Agh! Todavía tiene esa estúpida idea en mente. Él sabía lo indispensable que era para mis planes.

- Era de Downhood. - Desvié la mirada una vez más, con una marcada mueca de disgusto en mi rostro. - ¿Qué podíamos esperar de él?

- Me temo que soy de la misma opinión. - Pero él sonreía al decirlo. De pronto, adquirió una calma como no lo había visto desde que regresé. - Paciencia. Tengo fe en él. Créeme, lo conozco mejor que nadie. Además, él no puede permanecer tanto tiempo lejos de aquí, eso te lo garantizo. Es sólo cuestión de tiempo.

- ¿Por qué está tan seguro de eso? - Cuestioné con suma seriedad, sin poder confiar en sus palabras. - ¿Qué es lo que buscaba en este lugar? ¿Condenarnos a todos? - Agaché la mirada cuando el absurdo me resultó insoportable. - ¿Incluyéndolo? 

- Shadow tiene su manera, ya deberías saberlo. - Me dio la espalda y comenzó a alejarse, sosegado. Lo seguí con la mirada, completamente incrédula. ¿Acaso olvidaba que hablábamos del mismísimo Shadow? - A él no le interesan mis investigaciones. No, él fue directo al grano. Él quería esto. - Presionó un botón y una pequeña compuerta se abrió en el suelo. Una extraña caja de acero comenzó a ascender de ahí. - Lástima que se equivocó de botón... - Pude ver en él una marcada sonrisa maliciosa. Intentó reprimir aquella risa, en vano. Su seguridad volvía a inquietarme. - Él sabía que yo no dependería únicamente de la espada. - Abrió aquella misteriosa caja. - ¿Sabes lo que es esto? - Todavía dentro de ella, había una pequeña vitrina. Exhibía tras aquel grueso muro de cristal una preciosa gema, de un vibrante azul marino.

- No, ¿qué es eso? - Pregunté con harta ansiedad, acercándome curioso cual niño. No era una gema ordinaria. Había un gran flujo de energía dentro de ésta. - ¿Es este acaso su plan B? 

- Ésta es una Esmeralda del Caos, una piedra preciosa que contiene energía inconcebible. Se dice que existen siete de éstas en el mundo y que, al juntarse todas, se obtiene el poder supremo. 

- ¿Y usted cree en esas cosas? - Sonreí un tanto burlona, recordando que, desde que llegué a esta base, todo podía suceder. Poderes sobrenaturales, fantasmas, espadas mágicas y ahora piedras de poder absoluto.

- Pensaba que era sólo un mito, sí, pero eso cambió cuando tan repentinamente encontré ésta en una de mis expediciones, apenas hace unos meses. - Presionó nuevamente el botón, ocultando una vez más la gema bajo suelo. - Me encantaría hacerte una demostración, pero la verdad es que no puedo hacer que funcione, al menos no como quisiera. 

- Así que el resultado es el mismo que con la espada: nada. - Llevé mis manos contra mi cintura, una vez más escéptica. - ¿Planea recolectar las otras seis?

- No. Me tomó mi vida entera encontrar ésta, y más bien la encontré por suerte. - Contestó soltando un suspiro. - Pensé que tal vez Shadow sabría como usarla. No puedo sólo permitir que caiga en las manos de cualquiera. Y pensar que planeaba robarla...

- ¿Eso qué quiere decir? ¿Qué queda por hacer ahora, profesor? - No pude ocultar más mi angustia. - Con Shadow en nuestra contra...

- Cálmate, ya te lo dije. Él no pertenece a ellos y jamás lo hará. Tú lo has visto pelear con toda disposición. Los detesta. - Respondió a la par que observaba amargamente la caja que el erizo había desmantelado. - Puedes estar segura de que muy pronto volverás a verlo. - Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo al escuchar aquellas palabras. 

Lo sé.

Se hincó para comenzar las reparaciones de aquella caja.

- Excelente, sólo conocía una manera, aunque al parecer se ha asegurado de que esa posibilidad sea ahora nula. - Acostumbraba a pensar en voz alta. Prestaba atención porque nunca sabías en qué momento ya te estaba hablando. - En fin, con la espada de nuestro lado, no tenemos nada de qué preocuparnos. No se atrevería a robarla, no sabe usarla. Y ahora seguramente tiene miedo. Sí, la espada es nuestra mejor opción por ahora... Maldita sea, ¡nos está ayudando! ¡No hay razón para temerle! ¡Ya les he dicho que es la única manera! - Salió de ahí, sumamente exaltado. - Si ustedes lograron canalizar su energía de esa manera, y con un resultado devastador, ¡con eso me basta! Aunque ellos también pueden hacerlo y sin necesidad de una herramienta...

- Perfecto, aprendimos a usar el poder de la destrucción. - No podía hacer más que rezongar ante tal idea. - Pensé que aquella energía sólo podía provenir de un corazón pútrido...

- ¡Exacto! ¡Justamente eso! - Interrumpió, impaciente. - No puede ser que absolutamente todos ellos estén cargados de tanta ira y malicia y sea únicamente gracias a ella que puedan pelear de esa manera. Ustedes han demostrado que ellos no son los únicos que pueden canalizar su energía. ¡Finalmente lo han logrado! - Explicó soltando una gran carcajada e ignorándome una vez más. - ¿Pero qué es ello que tanto los repele cada vez que ven el arma? Seguramente hay manera de neutralizar toda esa energía y por ello la repudian. Pero eso no explica porqué, por otro lado, también parece atraerlos tanto...

Me dejé caer contra el suelo, cerrando los ojos. Solté un suspiro. 

- Está haciéndolo de nuevo...

Puede que el profesor Eggman sea el mayor genio de nuestros tiempos, pero cuando se adentraba en sus pensamientos, resultaba en un balbuceo imposible de comprender. Mejor dicho, monólogos. Y tenías que esperar a que terminara.

Un estruendo me despertó al cabo de unos minutos. 

- ¡Eres tú quien no lo entiende, Miracle! - Finalmente salió de ahí. Había dado un gran golpe a la caja al hacerlo. - No estamos usando la espada correctamente. Y mientras ustedes dos sigan jugando, jamás terminaremos con todo este absurdo. 

- ¿Y qué es exactamente lo que necesita? Hemos hecho absolutamente todo lo que nos ha pedido.

Pero, como era habitual en él, sencillamente rió para sus adentros y volvió a darme la espalda. Él era así. Le encantaba generar intriga.

No fue hasta horas más tardes en la sala de cuidados que finalmente me dijo qué era lo que necesitaba. Y aunque todo lo que decía parecía una locura, realmente mis pensamientos habían estado enteramente dedicados a Shadow. Odiaba admitir que todo este tiempo había confiado tan ciegamente en él, pero es que sus resultados jamás defraudaban... hasta el día de hoy, quiero decir. ¿Quizá el profesor tenía razón y era sólo cuestión de tiempo? Sacudí la cabeza energéticamente. Volvía a darle más crédito del que se merecía. 

Y cómo no pensar en él después de escuchar la misión que se me encomendaba. 

- Ir a Downhood... - Repetí en un susurro, dejándome caer contra la cama. Todavía me dolía bastante el cuerpo al borde de la inutilidad, así que era la excusa perfecta para quedarme en la base un tiempo más. Ésta sería mi primera misión sola y él sabía cuán absurdamente peligroso era todo esto. Era una misión suicida.

¿Cómo demonios conseguiría traer a uno de ellos conmigo de regreso a la base?

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*07/03/2018
- Sam